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miércoles, 5 de octubre de 2016

CULTURA DEMOCRÁTICA



No tenemos una cultura democrática sólida, pues nuestra historia se encargó de bloquear las etapas y estados democráticos en nuestra administración y gobierno. Por tanto, a la inmensa mayoría, no se nos educó en el verdadero significado de la democracia participativa. Nos cuesta comprender que la visión del otro es complementaria a la nuestra y tan digna de respeto como ella. Parece como si entráramos en una guerra con el vecindario para ver quien gana la batalla y deja en la cuneta al otro, lo que implicaría someterlo a nuestro dictado.

Tenemos el amargo bagaje de la reciente historia, donde se cultivó la moral del amo y del esclavo, del señor que mandó como clase dominante y la del esclavo o siervo, que renuncia a implicarse en las decisiones y deja en manos del señor la toma de las mismas mediante un acto de fe, lo que implica que se le permite todo y aceptamos sus explicaciones sin paliativos ante cualquier hecho injustificable. Las reminiscencias del pasado inmediato influido por tantos años de dictadura siguen presente. Se nos dijo que dejáramos la política para los políticos, que los dirigentes ya sabían gobernar pensando en nuestros intereses, pues ellos tenían mayor información y capacidad que nosotros para tomar decisiones acertadas. Se nos anatemizaron las otras ideologías, nos cargaron de prejuicios y se nos hizo patriotas a su forma: “España son sus territorios no su gente”. ¿Con esta filosofía como se puede encajar la soberanía popular? ¿Pueden los hijos del franquismo entender que un país soberano es aquel que es dueño de su destino, que elije y determina quien lo gobierna y qué políticas se aplican para ello?

A pesar de haber evolucionado en muchos casos, sigue esa idea y actitud troquelada en muchas mentes, como es natural, no todos pueden evolucionar en la misma dirección y de la misma manera, en todo caso, será en función de su capacidad crítica y de su disposición a ello. Por desgracia hay demasiado pensamiento enquistado en el pasado que no evolucionó hacia la concepción de una verdadera democracia. Tal vez sea esa una de las circunstancias que justifica la adhesión inquebrantable a un determinado partido del que nos hacemos gregarios. Adhesiones, actitudes, conductas y sentimientos de pertenencia son la argamasa que nos instala en la falta de criterio propio para obrar en libertad crítica llegando a votar a corruptos e indecentes políticos por el mero hecho de ser de nuestro partido. Lo malo es que, al no tener conciencia política y social, hacemos que los demás sufran las consecuencias.

miércoles, 9 de marzo de 2016

PRINCIPIOS Y VALORES DE NUESTRA CULTURA




Hay que modificar los principios y valores de nuestra cultura para reorientar la filosofía popular a una nueva era donde primen otros nuevos. No podemos seguir en esta dinámica depredadora, exculpatoria y agresiva, donde las culpas siempre son de otros, léase políticos, países, emigrantes, o vaya usted a saber… En todo caso habría, bajo mi modesta opinión, que redefinir esa cultura, no solo cambios de normas y leyes, sino con un proceso educacional, de responsabilidad social, individual y colectiva, que hiciera al individuo más permeable y racional, que abocara en un nuevo contrato social. Eso es complicado, pues hay grupos de influencia y poderes fácticos que siguen apoyando y apostando por el sistema tradicional, que sustenta ese poder propio que no quieren sacrificar.

La cuestión, para mí, está en como fraguar una sociedad madura que no se pliegue a los liderazgos paternalistas, que no se deje alienar con falsas orientaciones, que no se atrape en la delegación de su soberanía a sujetos irresponsables, que tome partido y defienda y exija que los gobernantes gobiernen para ellos y no para las clases pudientes, el capital, la banca y los intereses imperialistas de las multinacionales. En suma, introducir esa dosis de librepensamiento que cada cual debe reivindicar desde la responsabilidad de ese nuevo contrato social.

Un problema es que la globalización rompió fronteras al mercado, pero no homogenizó las culturas organizacionales; es más, mientras más divididos andemos y mientras más se potencien los localismos, más energía se distraerá de la lucha verdadera, de la que lleve a esa homogenización global, no solo de valores y principios, que definen las culturas, sino del propio desarrollo humanista y social.

Sigo diciendo, desde hace ya bastante tiempo, que hay dos tendencias en lucha, la que busca una clase dominante, dueña del mundo y sus recursos y usa, si le interesa, a las ciudadanía en general, la aliena, pero si no la necesita la enfrenta y provoca el conflicto sin importarle la vida ajena; esa sociedad falta de ética, amoral y asimétrica se está fraguando en este tiempo desde grupos de poder ocultos, son los de siempre, apoyados invariablemente, también, por los de siempre. Por otro lado está otra tendencia que busca la simetría, la justicia social y el valor humano por encima del valor material; aquellos que cada vez tienen más conciencia del entorno y de la imposibilidad de seguir en esta loca marcha que acabará con todo en poco tiempo.

Los cambios hay que sembrarlos, cultivarlos y abonarlos. Solo se da un cambio definitivo si tiene suficiente apoyo social, si es asumido el llamado y empujado por la colectividad. Pero para ello se ha de establecer el espíritu de los tiempos, que muestra un clima intelectual y cultural capaz de reorientar nuestra cultura hacia otra estructura funcional y social más justa, más simétrica.

¿Empezamos… o dejamos que ganen los otros? Habrá que no caer en sus señuelos, reconocer la importancia de cada cosa, en buscar lo que nos une y no lo que nos separa. El partido del siglo se juega entre el humanismo y el clasicismo. El resultado final será la supremacía de una cultura u otra.

viernes, 5 de febrero de 2016

CULTURA

¡ CULTURA, CULTURA, CULTURA! ¡Porque otro mundo mejor es posible!



Debemos impregnar todo con conocimiento y cultura -que no es lo mismo que tertulia, espectáculo, entretenimiento o negocio - para ver y hacer las cosas de otra manera. Sin la Cultura ¿es pensable una política abierta, tolerante y participativa? ¿Es factible un código ético que cale en todas las actividades colectivas? ¿Es posible una convivencia pacífica y de apoyo mutuo? Divago en mis anhelos. Ayúdense ustedes mismos. Y dejen las peleas callejeras de fanáticos de fútbol de lado. ¿O éstas son reflejos cada vez menos encubiertos de las que tienen lugar en instancias superiores de esas órbitas donde nuestros elegidos nos toman el pelo, dilapidando los bienes públicos y gestionando el país a dictados de los poderosos de la Tierra? Y por favor, que nadie me venga conque también hay la cultura de la agresividad y la violencia. Eso es solo instinto nefasto que jamás debe imponerse.