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domingo, 19 de junio de 2016

SOBRE EL PODER




El poder en el mundo, desde que es mundo, se ha basado en el control de los recursos, de los bienes y, para ello, se ha recurrido a las diversas formas de poder: recompensa, coercitivo, experto, referente, legítimo y, en nuestra era, democrático. Lo importante era controlar los recursos y los medios de producción y en ello andan.

Y si hablamos de recursos…  ¿para qué sirve un Estado? Un Estado no tiene sentido si no está para garantizar que cada uno de los ciudadanos tenga cubiertas sus necesidades básicas, su alimentación, cobijo, abrigo, educación y salud, amén de otra cosas de orden superior. Eso lo reconocen las constituciones modernas, pero, en general, se las pasan por el forro al aprobar las leyes que las desarrollen. 

El poder, por tanto, está en el control del recurso. Se tendrá más poder si ese recurso es imprescindible para la supervivencia. Dado que el instinto principal del ser humano, o sea, el objetivo primordial, es la supervivencia de la  especie a través del protagonismo personal de cada individuo, este se ve obligado a priorizar aquellos elementos que necesita para ello.

El poder lo ostentan unos pocos desde siempre y los otros se dedican a producir bienes de consumo que inundan el mercado en beneficio de los poderosos que son los dueños de los recursos. Eso ha pasado siempre y sigue pasando, porque hay miopes, egoístas, codiciosos y avaros, que entienden su mayor beneficio desde la pobreza de los demás.

El gran beneficio social está en conseguir ciudadanos competentes, creativos, con capacidad de enfrentarse y resolver los problemas desde la implicación responsable, crear una sociedad sana de gente realizada y contenta consigo misma, motivada y socialmente solidaria. Ahí ganamos todos porque hay un mecanismo de sinergia que nos enriquece como personas. Aquí entra en juego el Estado, la conveniencia de tener un gobierno democrático, que procure el bien del colectivo y no de unos cuantos para hacer a la sociedad más libre y humanamente rica, en humanismo, desde la soberanía del ciudadano. Un Estado que controle el mercado y la producción de bienes desde la conveniencia social y la sostenibilidad para garantizar el progreso del ser humano en equilibrio con el entorno. Que neutralice esa codicia mercantilista y haga que este se someta a los intereses del colectivo general, como ya he apuntado.

Pero eso no es lo que se pretende. Es el mercado el que está adueñándose de los recursos, que se traducen en finanzas en un último sentido, y al controlar los recursos someten al pueblo y al propio Estado, como se está viendo. El juego se ha impuesto a la razón y, perdida la razón, vienen los miedos, el terror a quedar marginado por ese poder que se antoja cada vez más inhumano, cruel e insensible, pues no son personas razonables y de moral límpida las que lo ostentan, sino organizaciones macroeconómicas dirigidas, entre bastidores, por mafias poderosas.

Por tanto, si el Estado no controla los recursos básicos como alimentación, agua, vivienda, educación, sanidad, empleo, etc. y los deja en manos de grupos privados de poder con intereses de mercado ajenos al colectivo social, acabaremos a los pies de esas organizaciones que nos van apretando el lazo en la garganta hasta hacernos rendir por la miseria. En lugar de evolucionar los países en vías de desarrollo acabaremos involucionando nosotros hacia su situación actual. 

domingo, 6 de marzo de 2016

LA MAFIA QUE DOMINA EL MUNDO




Pienso que el mundo ha caído en manos de una mafia terrible. Una mafia que se ha adueñado de los medios de comunicación y los usa para manipular opiniones de la gente, que ha colonizado los partidos políticos mediante el arma terrible de la deuda bancaria y la acomodación de sus instintos corruptos, por lo que los hace bailar a su son. Una mafia que controla el flujo del dinero, de la banca y las finanzas, de la bolsa y la especulación, que se ha apropiado y ajustado las leyes para atrincherarse en su poltrona y dominar el sistema. No tiene escrúpulos y, día a día, se adueña de todo lo material, las empresas, los servicios públicos, la educación, la sanidad, los medios y vías de comunicación… todo, absolutamente todo, en base a una cacareada libertad del dios mercado que todo lo puede y lo regula. Es la ley del más fuerte, donde cabe el chantaje, la mentira, la manipulación y el juego sucio. La democracia ha sido adulterada hasta convertirla en un mero rito del voto en plan pantomima, donde los programas y promesas no se cumplen, donde se vota para huir del más malo y no para apoyar al más bueno, donde la ilusión se pierde y se grita el sálvese el que pueda.

Veo con claridad que bogamos en un mar cargado de negrura, una noche tenebrosa que no nos deja ver el horizonte ni el mañana. Nos quieren confundir y atrapar en sus redes hasta someternos a una nueva dimensión, una situación donde perdemos la esencia de un Estado gobernado por votación popular, por políticos éticos y honrados, en una democracia real, para ser dominados desde la economía y la especulación financiera. Los gobiernos, en lugar de afrontar la situación con reformas de leyes más justas, que hagan patente que su dinero ha sido producido por el colectivo social y que deben revertir en el bienestar común, les apoyan y los salvan, cagados de miedo, acojonados ante la amenaza de quiebra del sistema…

Y aquí danzan a la par políticos, banca, empresas y multinacionales, justicia y gobierno… Al pueblo solo le queda indignarse. Muchos lo hacen, pero los acomodados mediocres, no solo no rechazan el sistema sino que ven en él la salvación en una huída hacia delante suicida. Muchos se han cegado, no quieren ver más allá, han acabado prefiriendo la sumisión, dejando de ser soberanos de un Estado para convertirse en súbditos de una empresa… Desmontan, pues, el Estado, que es nuestro, y lo venden a privados para que sea suyo… Estos tiranos forman la “mafia” conjurada que nos amenaza porque cuando hay un grupo organizado que trata de defender sus intereses a costa de otros, creo que es un término adecuado para definir la mafia del poder…



sábado, 5 de marzo de 2016

EL PODER DEPREDADOR




El poder, sustentado en una economía depredadora, es depredador por naturaleza y nosotros somos su gran presa. La vida humana es el objetivo, pero no desde el punto de vista tradicional de un depredador. No se trata de aniquilarnos sin más para alimentarse, sino que el objetivo de la depredación es otro: dominarnos. Se trata de dirigir y dominar hasta los últimos rincones de lo humano; la conciencia, las emociones, las ideas… para ello ataca la vida en su conjunto: lo individual y lo colectivo.

En todas las esferas de nuestra vida, lo colectivo, entendido siempre en un plano de igualdad, ha servido y sirve para desarrollar nuestras armas más poderosas frente a los intentos de dominación: la solidaridad, el apoyo, el fortalecimiento mutuo, la seguridad… organizarnos siempre es una buena idea, tanto para resistir como para crear.

La creación de tejido social y el establecimiento de unas relaciones basadas en la fraternidad y el reconocimiento entre iguales es el que ha posibilitado y posibilita el nacimiento de un verdadero sentido de solidaridad, sin matices y sin excepciones. Sólo este sentido puede servir como una base auténtica y sincera para la creación de un modelo diferente, sin duda mejor, al actual sistema depredador. Pero el poder no se ha desarrollado por casualidad. Entre otras razones, el poder tiene memoria y aprende de lo ocurrido. Tiene muy presentes las posibles consecuencias de dejar que la vida colectiva se autogestione por las propias personas que participan de ella. Además de aprender, analiza y actúa en consecuencia. Por eso, enseguida comprendió de la importancia que tiene el sentido de pertenencia para el ser humano. De tal forma, cuando ataca la vida colectiva no lo hace con la intención de destruirla si no de sustituirla por otra carente de compromiso y responsabilidad.

Donde las personas se reunían en su tiempo libre, disfrutando de la conversación, el debate, del ejercicio o la naturaleza…  Ahora nos concentramos grandes multitudes en espacios cerrados para no decirnos nada. De los ateneos culturales, los clubs excursionistas, las sociedades de todo tipo… hemos pasado a los centros comerciales. Donde los vecinos compartían todo, se reunían al caer la tarde o, simplemente, procuraban que a nadie le faltara de nada, hemos pasado a no conocer ni a los que viven en la celda de al lado en esas grandes colmenas que llamamos hogar. Todo esto y mucho más tiene en común un objetivo concreto: conseguir romper los lazos, quebrar esa vida comunitaria. Todos sabemos que una presa aislada es más fácil de identificar, acorralar y cazar.

Es obvio que es un proceso complejo, con multitud de causas y poco uniforme pero, en mi opinión, es donde nos tienen. Solos, es decir, en el punto ideal para atacar el otro flanco: la vida individual.

Porque la cacería no termina hasta que la presa cae derrotada. Esto sucede cuando cada uno ocupamos el lugar que nos tienen adjudicado y realizamos la tarea asignada y, sobre todo, cuando lo aceptamos y nos sentimos contentos y realizados con ello. Ese es el verdadero triunfo, en ese preciso momento ganan la batalla.

Por eso, primero nos han aislado para que no podamos sujetarnos durante la caída. Luego se trata de ir colonizando a la persona: en lo físico, se alimentan egos y se crean necesidades que jamás podrán ser cubiertas totalmente; en lo moral se justifica el precio a pagar y el modo de conseguirlo y en lo intelectual, se cierra el marco que circunscribe lo posible y se centra el foco tan sólo en lo inmediato.

Ese es el juego, nosotros somos la presa y otros los cazadores. En el medio, muchos que no son más que utensilios de usar y tirar.