El ser humano necesita
recibir avisos del azar. En forma de error, de desliz, de rotura, de fallo, de
despiste, de caída, de herida, de pérdida. Creo en esos avisos que nos sitúan
en el terreno en que la persona es más
auténtica. En el de su fragilidad. Uno se sobrepone a ellos antes o después y
aprende. Son avisos que nos rebajan, nos desvisten, nos muestran la
inconsistencia, nos derriban del pedestal que cada uno tiene erigido para su
narcisista contemplación, nos iluminan, nos enderezan, nos hacen conocernos más
porque hablan más de nosotros que los algodones de la cuna. No pongo ejemplos.
También advierto que no es agradable, obviamente, recibir cualquiera de esos
avisos, que no se desean y que tratamos de regatear. Pero las leyes físicas
están ahí y en cualquier momento nos llega la bofetada. A veces esos avisos
incluso pueden repetirse en poco tiempo. Algunas personas, entre los que me
hallo, consideramos que hemos recorrido gran parte del abanico de esos términos
en que se manifiestan, y que citaba al principio. Y, sin embargo, aquí estamos.
En cierto modo rehabilitados ante nosotros mismos. Porque solo fuimos puros
cuando no teníamos experiencia todavía. No, no es el inexistente buen camino el
que enseña a la persona a vivir, sino aquel que está más o menos ahíto de
dificultades, el que su dirección queda oculta por el ramaje, el que recibe el
eco de voces de monstruos, el que llega a cruzarse con otras sendas
despistándonos de la elección o simplemente donde la huella del recorrido se
borra de improviso. A uno no le queda más remedio que elaborar su propia guía
de perplejos si quiere sobrevivir.

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