jueves, 25 de julio de 2024

EL DELITO DE SER POBRE

 El delito de ser pobre


En su ensayo El delito de ser pobre. Una gestión neoliberal de la marginalidad, Albert Sales denuncia que se responsabiliza a los pobres de su situación, acusándoles de “no ser suficientemente trabajadores o emprendedores”. De hecho, “las personas asistidas por los servicios sociales” son objeto de “sospecha permanente” y son tratadas como “parásitos que se quieren aprovechar del sistema”. Sales sostiene que se empuja a los ciudadanos más pobres a “barrios marginales y zonas de delegación”. Al igual que en Estados Unidos, en la Unión Europea los servicios sociales tienden a derivar sus obligaciones a la caridad pública y a infantilizar a las personas con menos recursos, acusándoles de no saber gestionar su vida ni la de su familia. En los países de la OCDE, el 10% más rico tiene el 50% del capital. En nuestro país, sube hasta un 75%. Al mismo tiempo, la mitad de la población no tiene nada en propiedad o está seriamente endeudada. El profesor Vicenç Navarro mantiene que esa asimetría es una de las principales causas de la desigualdad. De hecho, desde 2012 las rentas del capital superan a las rentas del trabajo. La clase capitalista, una minoría, posee más recursos que el conjunto de los asalariados. Las políticas neoliberales son políticas de clase, concebidas para explotar y oprimir a la clase trabajadora. Algunos no utilizan estos términos -señalaba hace diez años Navarro- porque son anticuados, pero la ley de la gravedad también es antigua y no ha perdido vigencia. “Es suicida que los portavoces de las izquierdas, en teoría próximas a las clases populares, también consideren estos términos anticuados”. La desigualdad es un crimen contra la humanidad y el papel de la izquierda debería consistir en luchar contra ella, pero ¿es posible en países endeudados que se han convertido en rehenes de sus acreedores? Solo cuando los pueblos recobren su soberanía, podrá hablarse de democracia, pero ese día cada vez parece más lejano. Hasta entonces, el poder real continuará en manos de las grandes empresas y los políticos se limitarán a defender sus intereses, explotando la retórica para ocultar una realidad incómoda.

miércoles, 8 de mayo de 2024

REENCUENTRO

 PASEAR LA MIRADA


Pasear no es andar con la cerviz agachada, pendiente de un suelo que no va a desaparecer por las buenas bajo los pies. Tampoco es andar apresuradamente: esto es desplazamiento. Se puede pasear sin objeto ni meta, abstraído. O compaginando recorrido con recados tranquilos. La urgencia es contraria al paseo. Se puede caminar alternando ritmos, en función de lo que nos permitan las piernas. Pero más allá de la forma de efectuar un recorrido los paseantes comparten un sentido agradable. Disfrutan, disfrutamos, no solo alimentando el aparato locomotor, sino el cerebro. ¿Cómo? A través de la mirada. 

La mirada nos conduce a la observación. Observar es pensar lo que nos rodea. Si se ha vivido toda la vida en la misma ciudad, la mirada nos permite recordar. Hayan desaparecido espacios urbanos y edificios de nuestra infancia o permanezcan todavía, la memoria se reaviva. Ello proporciona satisfacción. Pero nos lleva también a hacernos preguntas. Sobre los cambios, sobre el tiempo que vivimos y el que empieza a ser habitado por nuevas generaciones. Algunos somos asiduos a leer cuantos carteles o letreros nos encontramos en los paseos. Hasta los más insignificantes, esos cartelitos, a veces manuales, adheridos a las farolas. También a contemplar las incidencias y modificaciones que periódicamente tienen lugar en calles y plazas.





lunes, 24 de agosto de 2020

Reflexiones sobre el inicio del curso escolar

Algunas reflexiones sobre el inicio del curso escolar






Dentro de pocos días comienza el curso escolar en España y aún no se han decidido más que unas pocas vaguedades en el papel sobre cómo se hará ni las consecuencias que tendrá para los alumnos, los profesores y el personal no docente de los centros, ni las posibles consecuencias para la sociedad en general. Algunos expertos advierten de que las tasas de contagio por el COVID-19 en España son muy altas para volver a las clases y no recomiendan el inicio de curso en las regiones más afectadas de forma presencial ni siquiera guardando todas las medidas sanitarias. El curso pasado pudo finalizarse por la buena voluntad de los docentes, de los alumnos y de las familias, no de las administraciones implicadas, que improvisaron sobre la marcha como si nunca hubieran estudiado un protocolo de actuación en estos casos, lo que entra plenamente dentro de sus obligaciones y competencias.

Desde el final del estado de alarma hasta hoy, han pasado ya cuatro meses y, salvo algunos protocolos y recomendaciones no contrastados, poco se ha hecho de forma efectiva. Por otra parte, todo lo que se pensó en mayo o en junio para el próximo curso, ha quedado anulado por la evolución del virus en las últimas semanas y las previsiones a corto plazo. Da la impresión de que aquellos que insistían en recuperar las competencias, no han hecho correctamente los deberes y de que al frente de la coordinación general no hay nadie. Si algo han hecho durante estos meses o tienen previsto lanzar en la reunión anunciada para el próximo 27 de agosto, no han podido o sabido comunicarlo con eficacia y todos estamos deseando que se difunda ya para la tranquilidad de la sociedad. Aún estamos, por ejemplo, a la espera del fortalecimiento y enriquecimiento de la educación virtual, importante en cualquier momento e imprescindible durante una pandemia. Todo esto exige liberar recursos económicos de forma urgente.

Cuando se abran las puertas de los colegios, será imposible mantener la ficción de los grupos burbuja de los que se habla como gran baza ante el virus en las aulas: un estudio confirma que cualquiera de nuestros alumnos en esos grupos tiene, en realidad, contacto con más de 800 personas en dos días, inicialmente. Por lo general, nuestros centros no están lo suficientemente preparados en espacio, número de alumnos por aula y otras medidas que se han certificado como eficaces en otros países. Cuando se compara el próximo inicio del curso escolar en España con el que ya ha sucedido en otros países, se olvida poner sobre la mesa las grandes diferencias de todo tipo que existen entre un aula alemana o finlandesa y una española. Estas diferencias, no corregidas todavía, son las que recomendaron no retomar el curso en mayo como se hizo en otros países. Ni siquiera sabemos cuántas veces se desinfectará el aula y si se hará en los cambios de profesor, como parece lógico. Hace unos días se publicó la información de que nuestros colegios no cuentan con una buena ventilación, una de las bazas seguras para la lucha contra los virus. El Consejo General de Ingenios Técnicos Industriales han advertido sobre las muchas carencias en este sentido, a pesar de que la normativa en vigor exigía reformas que, según los expertos, no se han acometido. Conozco aulas modernas cerradas estancamente en edificios supuestamente inteligentes en las que no se pueden abrir fácilmente las ventanas y que no cuentan con sistemas de ventilación mecánica. Abrir la puerta del aula para ventilar no es suficiente, menos cuando comience el frío.

Todos comprendemos que hay que intentar volver a una cierta normalidad presencial en la escuela y que este formato es el que mejor garantiza la educación entendida no solo como la adquisición de conocimiento sino como la adquisición de todo un abanico de habilidades sociales, pero este regreso debe tomarse con todas las medidas aceptables en un estado moderno. Debería aprovecharse la pandemia para estudiar profundamente la situación de la educación española y equipararla a la que se da en los países de nuestro entorno, aquellos que siempre nos han parecido un ejemplo de actuación y cuyos índices de calidad están muy encima de los nuestros.

Esta pandemia ha puesto en evidencia uno de los grandes problemas estructurales españoles, la insuficiente inversión en educación y su modernización en todos los niveles. La ratio de los colegios españoles es inaceptable y no garantiza una educación realmente de calidad; el abandono de la escuela rural es una de nuestras grandes carencias porque contribuye a fijar población y hoy se vería como una solución óptima para evitar la difusión de los contagios; el cierre de unidades de los últimos tiempos se debería haber convertido en una reorganización y optimización de los recursos, en vez de clausurar colegios como medida de ahorro económico.

Uno de los argumentos ocultos que aparece de vez en cuando en las declaraciones de los políticos que están al frente de la toma de decisiones sobre la vuelta a clase estos días es que los niños y los jóvenes deben regresar al colegio para que los padres puedan ir al trabajo. Argumentar esto es proclamar que España no ha hecho los deberes en materia de educación y conciliación de la vida familiar, que hemos perdido décadas mirando a cosas mucho menos importantes que suelen aparecer con grandes titulares en las páginas de los periódicos cuando se estudia cualquier reforma educativa y que vienen a ser el cebo ideológico para que no prestemos atención a las reformas en las que han estado muy de acuerdo políticos de diferente signo político. Que ese argumento esté debajo de algunas decisiones es proclamar que hemos fracasado como sociedad moderna y que no hemos considerado la educación como la verdadera riqueza del país. Los colegios no son un aparcamiento de niños para liberar a los padres.

En unos días, a la entrada y la salida de clase, en las puertas de los colegios habrá decenas de miles de abuelos esperando a sus nietos porque sus padres están trabajando y no pueden recoger a sus hijos o esperando en casa para que se los lleven y cuidarlos el resto de la jornada laboral. Esta es una de las grandes peculiaridades españolas y que no deberíamos aceptar sin más. España impide la realización de la vida independiente de esas personas mayores, con la ficción de una vida familiar tradicional que se ha demostrado no ser real cuando el virus ha entrado en los geriátricos españoles ocasionando miles de muertos. No nos deberíamos seguir mintiendo con la idea de que en España la familia es importante, porque se ha convertido en un colchón cómodo para las administraciones y los políticos que deben tomar decisiones de reforma estructural profunda. Decenas de miles de abuelos expuestos al posible contagio al ir a buscar a sus nietos a la puerta de los colegios o cuidarlos en sus casas, cuando se han demostrado que son el sector de población más vulnerable.

Me temo que veremos las consecuencias a partir de la segunda mitad de septiembre.

domingo, 7 de junio de 2020

FANÁTICOS


Fanáticos

Sin olvidar que la irracionalidad también está en nosotros, aunque no siempre lo parezca, es la capacidad de razonar lo que distingue a nuestra especie. Nos dijeron en la escuela que el ser humano es un animal racional que tiene en su lenguaje su cualidad diferencial como herramienta diferencial para la comunicación y el conocimiento.

Además de usar el lenguaje para expresar intenciones, afectos y desafectos, el lenguaje -ya sea sonoro, gestual o gráfico- es el instrumento con el que nos relacionamos y transmitimos lo que pensamos. Tal vez por ello, sea objeto de los demagogos y manipuladores que intentan adulterar el significado de las palabras, apropiarse de ellas y distorsionar su significado.



Disculpen la arrogancia, pero la palabra libertad me resulta escandalosa en boca de quienes nunca la han defendido o cuando la invocan quienes, añorando al dictador, la reclaman con un palo de golf en  la mano. Dicha por ellos me suena a grito soez, a concepto vacío. ¡Por supuesto que pueden pedir libertad cuantas veces quieran! Sin embargo, no puedo evitar que, en sus voces, el eco de sus gritos me suene a pantomima.

Dicen que siempre hubo estafadores y manipuladores de la palabra, pero ahora, en estos tiempos de crisis, brotan como la mala hierba. Una paradoja de estos días de pandemia, consiste en contrastar las dudas de los científicos con las certezas de los opinólogos. Vivimos tiempos complicados en lo sanitario, económico y social; tiempos que aprovechan quienes están convencidos que dialogar es debilidad y buscar puntos de encuentro, bajada de pantalones. ¿El bien común? Una monserga. ¿La solidaridad? Simple postureo. ¿El ingreso mínimo vital? Una paguita de rojos, socialcomunistas y otros indigentes intelectuales para lograr el voto de vagos y maleantes. Los conservadores más fanatizados son así de obscenos.


Y reconozco que, ante la obcecación de estos fanáticos, las palabras y el razonamiento resultan insuficientes. ¿Pero quiénes son los fanáticos? Aquellos que gustan de la unanimidad y percepciones únicas, quienes no admiten la discrepancia y van por la vida orgullosos de sus certezas inmutables y verdades absolutas.

Pero si queremos una sociedad mejor, debemos desenmascarar a los intransigentes y a los falsificadores de la realidad. Y para este afán no conozco nada mejor que aprender a pensar de manera crítica y rigurosa. Recientemente Amenábar nos recordaba a Unamuno y su "vencer no es convencer"; el fanatismo trata de eso, de conquistar, derrotar y humillar sin otro argumento que la fuerza o la coacción. El fanático no pierde el tiempo especulando razones. No le interesa que estemos persuadidos. Se conforma con la obediencia. El fanático político no utiliza la inteligencia ni otros recursos para enmascarar con astucia sus intenciones de dominio. Su objetivo es aplastar la discrepancia. Tal vez por ello hay que insistir en que vivir en democracia no nos hace más libres si no defendemos nuestra libertad individual y colectiva cada día, si dejamos de protegernos de la manipulación cotidiana.


Como en la política partidaria abundan los fanáticos, no espero demasiado de ella. Más que en la política y en los políticos, confío en la ciudadanía demócrata. Porque somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de distinguir lo cierto de lo falso. Sabemos que la política no resuelve nuestras necesidades y que no todos los políticos son iguales. Algunos tratan de aligerar la carga que soportan quienes viven en la pobreza suspendiendo desahucios además de cortes de suministro de agua, gas y electricidad. No todos son iguales, es cierto. Los hay que congelan los alquileres o establecen moratorias para el pago de hipotecas, quienes decretan una renta para ayudar a las personas y apuestan por universalización de la sanidad. Es evidente que no todos son iguales, pero tengamos cuidado porque, cualquiera de ellos, pueden tomar decisiones que nos pueden complicar la existencia.


sábado, 27 de julio de 2019

LEER EN TIEMPOS DE CRISIS



Leer en tiempos de crisis

Podemos recurrir a los libros para formarnos, para entretenernos o para que nos ayuden a conocer e interpretar la realidad. Hoy, cuando se ha evolucionado del manuscrito a la imprenta y de Gutenberg al formato digital, no hay excusas. Hoy, quien no lee es porque no quiere.
Excluyendo los de consulta, afirmaría que todo libro que vale la pena leer merece una segunda lectura. Alguien pondría reparos: ¡Nos queda tanto por leer! Nadie se sorprende, sin embargo, cuando la música que nos gusta la escuchamos una y otra vez. Es cierto que hay libros que merecen el olvido pero hay otros que requieren una nueva lectura bien porque fueron leídos hace tiempo, bien porque se nos quedó algo pendiente entre sus páginas o por el simple placer de volver a leerlos.
Si hoy regresara a Charles Dickens, por ejemplo, descubriría diferencias de cuando lo abordé en mis primeras lecturas. Los recuerdos son de una literatura infantil de adultos egoístas, tacaños o depravados y huérfanos hambrientos tratando de esquivar los rigores de la necesidad, la explotación y el olvido. Si ahora volviera a Oliver Twist o David Copperfield, haría una lectura más sosegada y observaría la narración de una sociedad imperfecta, las miserias del capitalismo o la lucha de la persona por salir de la pobreza.


Releer un libro es volver a recrearlo, revivir los recuerdos que nos dejó y comprobar nuestra propia evolución personal. El libro, cualquier libro, es el mismo pero nosotros hemos cambiado. A la luz de lo vivido y leído enfocamos de manera diferente. Las notas que acotamos, los subrayados que hicimos, son testigo y prueba de nuestro cambio. El libro es el mismo, pero se nos muestra diferente; el texto es el mismo, nosotros no. En la relectura puede que descubramos elementos que nos pasaron inadvertidos, que entendamos ahora el ensamblaje de aquello que un día nos pareció caótico o le demos valor a lo que observamos superfluo y prescindible. Al releer, la lectura se hace más pausada puesto que rechazamos, por conocidos, los ardides que el autor distribuyó premeditadamente para mantener nuestra atención, la urgencia por desenmarañar la trama o la intriga por conocer el desenlace final.
En la lectura -no importa el medio o soporte-, podemos encontrar el bálsamo que necesitamos, el antídoto con el que hacer frente a las dentelladas de la realidad, la terapia para afrontar una actualidad tan deprimente o la espoleta para acabar con estos tiempos difíciles.

lunes, 15 de julio de 2019

RESPUESTA ÉTICA



Respuesta ética

Salvar una vida debiera ser un acto loable, una respuesta grabada en el ADN de todo ser humano, una reacción tan inmediata como un acto reflejo. Pero sucede que siempre surgen voces disonantes que propagan lo contrario; la idea de no socorrer, de proceder como si nada estuviera ocurriendo, de dejarles morir. Hay quienes esgrimen que si ponen en riesgo sus vidas es porque ellos así lo desean, que nadie les obliga. ¡Qué se queden en sus miserables países!, vociferan los cretinos de turno. Como si no fuera la desigualdad, el hambre, la guerra o el deseo de vivir de una manera digna lo que les impulsa a emigrar.


El fenómeno migratorio, que es la respuesta a la necesidad, se ha tratado de manera negativa. No es casual el uso de un lenguaje que incita al temor cuando no al odio: invasión, amenaza o avalancha son términos frecuentes en la información sobre la llegada de migrantes. Artículos periodísticos, tertulias televisivas o radiofónicas han martilleado con mensajes reprobatorios sobre este fenómeno, resaltando los problemas de integración y silenciando su contribución al desarrollo económico; azuzando el miedo con datos falsos que vinculan migración con delincuencia, con el colapso de los centros sanitarios o con el supuesto acaparamiento de las ayudas sociales.


La sociedad española tradicional, con valores y creencias bastante consolidadas durante años, tiene que afrontar el reto de la inmigración. Integrar distintas culturas, religiones y nacionalidades, constituye un desafío no solo en sus aspectos económicos, sociales y culturales, sino también éticos y morales. No debiera suponer un gran problema cuando lo que hoy conocemos como España fue un territorio multicultural; cuando nuestras lenguas, cultura y costumbres tienen reflejos del paso de fenicios, celtas, griegos, romanos, árabes… Pese a ello, frente a quienes apuestan por la solidaridad y la integración, se levantan quienes fomentan el temor y el desprecio al otro, a los otros.


Un mal síntoma. Esta sociedad que se moviliza para festejar las fiestas patronales o cuando el equipo de la ciudad consigue un gran triunfo, se muestra pasiva e indiferente al recibir noticias del penúltimo naufragio cerca de la costa o en altamar; cuando se sigue sin acoger a los refugiados a los que está comprometido, cuando los centros de acogida son inaceptables o cuando se conoce la devolución en caliente de quienes buscan una oportunidad.


  Cuando la legislación supone una amenaza para quienes realizan el acto humanitario de socorrer o salvar una o centenares de vidas, pone de manifiesto que la justicia se deshumaniza. No deberíamos olvidar que los derechos humanos son el resultado de la lucha de innumerables personas y movimientos sociales, que a lo largo de los años tuvieron la función moral y política de enseñar a la sociedad a mirar y ver que ciertas pautas de conductas, hasta entonces toleradas, suponían vergüenza, desprecio, abuso o indignidad. Con sus reivindicaciones enseñaron al conjunto de la sociedad a juzgar y actuar en consecuencia e induciendo a los legisladores a aprobar normas y procedimientos legales para evitar que tales hechos se repitiesen y quedaran impunes.



domingo, 7 de julio de 2019

EL ANACRONISMO DE LAS TRADICIONES




Los pueblos evolucionan, la gente cambia y se sensibiliza con otros principios y valores más racionales, más humanos, al producirse la evolución de las sociedades y de las propias culturas que rompen con las tradiciones que no encajan con los nuevos valores.
La RAE define anacronismo como: “Que no es propio de la época de la que se trata”.
Esta sociedad moderna rechaza el maltrato animal, la sádica diversión por la sangre y el dolor, la falta de respeto a la vida sea de la especie que sea, la guerra, la violencia y todo aquello que pueda producir dolor y sufrimiento a los seres vivientes. La sensibilidad del ser humano aflora para racionalizar las cosas desde la percepción de la vida en un sentido más integral, más universal. No es nada nuevo, siempre hubo quien proclamó a los cuatro vientos el amor y el respeto a los animales; desde los pueblos más primitivos, casi siempre en culturas ajenas a la nuestra, a determinadas actitudes vitales de nuestra propia cultura y religión (el propio San Francisco de Asís llamaba hermanos a los animales).


Pero, sin salirnos de la sensibilidad hacia los animales que se nos ha enseñado o cultivado en los últimos tiempos, cabe señalar que, en nuestra infancia, era normal apedrear a los perros y gatos que encontrábamos por la calle y no estaba mal visto, solo se catalogaba como una travesura de niños, sin pensar en el pobre animal. En la actualidad existe una ley de protección animal que lo condena, ya no es socialmente tolerable esa actuación.
En siglos pasados hay casos claros y evidentes de conductas toleradas culturalmente, violentas o impositivas, que han sido superadas y rechazadas por la sociedad. Hasta el siglo XIX la esclavitud estaba bien vista, y en el XVIII aún se usaba como un negocio que enriqueció a muchos que, incluso, hoy son considerados grandes negociantes.  Quiero decir con esto, salvando todas las diferencias, que las sociedades cambian, evolucionan, y se van desprendiendo de actuaciones o conductas anacrónicas en beneficio de otras enmarcadas en los principios y valores que se cultivan en ese momento histórico.


Una tradición que vaya contra los principios y valores de una sociedad que evoluciona, será un anacronismo que hay que erradicar de la cultura social. El proceso solo se consigue mediante la educación y sólida formación en los nuevos valores. Se ha de excluir, por definición del concepto valores humanos, a toda acción violenta, sanguinaria o de sádico disfrute con sangre, maltrato y muerte de otros seres vivos.

miércoles, 19 de julio de 2017

RECUERDOS DEL AYER


FOTOS DE MI PASO POR EL COLEGIO


Luis Caballero, Monreal, Enrique Sánchez,
Paco Pareja, Luis Miguel y Emilio Gutierrez

Mi curso en primaria

DE IZQUIERDA A DERECHA  FILA 1: Emilio Gutierrez, Barrilero, Julio, Diego, Jesús Manuel, X, José María, X.
FILA 2: Quique Vela, J. J. Blanch, Cenjor, Corrales, Román, Roberto Encinas, Luis Caballero, Ortiz.
FILA 3: Luis Miguel García, Pareja, Crenes, Serrano, Paquitín, Luis Miguel López, Cañadas.
FILA 4: Manzanares, Eugenio Encinas, Ramirez, Julián, Javi López, Enrique Sánchez.


Clase de gimnasia en el patio del colegio

Jugando al fútbol en las eras


* Las fotos publicadas en este reportaje pertenecen a la colección del padre trinitario Reyes Castaño, director del colegio de la Santísima Trinidad en los años a los que pertenecen estos documentos gráficos.





martes, 20 de junio de 2017

ATRAPADOS




“Vivimos en el mejor de los sistemas posibles” esta sentencia o algunas parecidas son recitadas a diario de manera directa o indirecta desde cualquier altavoz de los utilizados para recordarnos lo afortunados que somos. Sin embargo, yo no veo esa “fortuna” por ningún lado. En mi entorno inmediato no consigo dar con personas satisfechas y contentas con sus vidas tal y como debiera ser según el libro de instrucciones de las democracias avanzadas de occidente que nos inculcan desde pequeños.
Obviamente, la culpa es nuestra. Esa es la única explicación razonable. No sabemos adaptarnos, no somos resilientes o no seguimos al pie de la letra las indicaciones que tan amablemente se nos brindan desde ese engendro llamado psicología positiva que tan en boga anda en estos tiempos o, simplemente no nos hemos topado con el coach adecuado. Cualquier explicación de esta índole o similar es suficiente porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a cuestionarnos demasiadas cosas. Y, sinceramente, cada vez veo esto más difícil porque si algo caracteriza a la ciudadanía de esta sociedad tan perfecta es la progresiva precarización de la mente.
Ahora que está tan de moda etiquetar la pobreza, asignándole diversos adjetivos para rehuir hablar de la pobreza como tal, reivindico una nueva adjetivación: la pobreza mental. Por supuesto, al igual que cualquier otra forma que le queramos dar a la pobreza es fruto de un modo de vida y un sistema de explotación diseñado para la acumulación de riqueza en unas pocas manos cueste lo que cueste. Como cualquier sistema que se precie todo está enfocado y reorientado hacia su propio beneficio que no es otro que su conservación y perpetuación. Para ello, no duda en deformar todos los aspectos de la vida hasta hacernos partícipes de nuestra propia decadencia y destrucción.
Y así andamos, incapaces de darnos cuenta de que no tenemos ningún control sobre nuestras vidas a pesar de creer que elegimos, sin comprender que andamos atrapados en una corriente que no nos lleva a ninguna parte, que no somos más que hojas secas arrastradas por la corriente. Una corriente cada vez más intensa porque nosotros mismos la alimentamos con nuestro quehacer diario. Cada acción que realizamos lleva consigo de manera inexorable una huella ecológica, social, política… que va allanando más y más el camino para que esa corriente pase con más fuerza y, al mismo tiempo, sea más fácil para los que vienen detrás transitar por ese camino tantas veces pisado. Igual de fácil que nos resulta a nosotros gracias a los que nos precedieron. En otras palabras, cada vez necesitamos menos esfuerzo para vivir conforme a la norma imperante y al modelo actual. No necesitamos apenas movilizar recursos cognitivos, basta con dejar hacer y, sobre todo, dejarnos hacer. En realidad estos recursos los utilizamos en su inmensa mayoría para producir y consumir mercancías superfluas en trabajos inútiles, cuya única finalidad es mantener la corriente en marcha mientras seguimos atrapados en ella; completando un círculo vicioso que jamás permitirá satisfacer las necesidades reales de los seres humanos puesto que la insatisfacción permanente es imprescindible en esta cadena de despropósitos en que hemos convertido nuestras vidas.
Esto es lo que veo cada día a mí alrededor: gente resignada con una vida que al parecer le ha tocado como si fuera el resultado de un sorteo. Sin cuestionar nada más allá de lo que por momentos le aleja de mantener el ritmo de la corriente y que una vez reestablecido ese ritmo (una vez solucionados los problemas que pudiera tener para conseguir ingresos o techo o tratamientos médicos o lo que fuera) se sumerge plácidamente en la corriente hasta el próximo resbalón. Si, por el contrario, estos problemas no se solucionan siempre queda el derecho al pataleo; pero siempre en voz baja y entre conocidos mientras crece el desprecio hacia los que se mantienen dentro de la corriente. Y aunque cada vez este grupo va siendo mayor, seguimos sin desviar ni un ápice de nuestra energía a tratar de revertir ese círculo vicioso del que hablaba. En realidad tratamos con todas nuestras fuerzas de volver a él.

domingo, 14 de mayo de 2017

ESTAMOS CONTROLADOS



Estamos en un momento muy difícil y trascendente. El mundo evoluciona a tal ritmo que el vértigo no nos deja pensar. La tecnología nos agobia en una relación perversa de amor odio, pues si bien nos enamora facilitando la comunicación y divulgando el conocimiento, también nos amenaza con controlarlo todo, con ser un instrumento perverso en manos de desaprensivos que lo pueden usar para dominar y fiscalizar a la gente. Nuestros datos más íntimos en cuanto a hábitos, pensamientos, deseos, compras, nivel adquisitivo y de gastos en general, etc. los tienen disponibles en sus bases de datos alimentadas mediante el uso de tarjetas de crédito, de teléfonos móviles, de los bancos o nuestros movimientos en viajes y desplazamientos de ocio. Ya no es posible cobrar un salario sin pasar por el banco, sin que sea sometido a control por el sistema. Hemos pasado del sobrecito con la pasta contante y sonante (qué placer era contar el dinerito del sobre cuando se cobraba) a la tarjeta del banco; sí, ese banco que lo controla todo y lo chivatea a hacienda, que te cobra comisiones y que no te da ningún rédito por el dinero que tienes allí, pero te cruje con unos intereses tremendos si te lo deja él. Sí, ese banco que paga a sus directivos inmensos sueldos, bastante menos a sus trabajadores y desahucia a sus deudores; que gana dinero a espuertas, pero cuando pierde tenemos que darle nosotros para que salga a flote en lugar de renunciar a sus prebendas. Socializan las pérdidas y privatizan las ganancias. Es bueno que, visto lo visto, empecemos a pensar que los gobiernos democráticos, y los no democráticos, están al servicio de sus intereses económicos, en tanto el progreso se ha confundido con el desarrollo económico y, para más inri, lo controla la banca y el mundo de las grandes corporaciones que expanden sus tentáculos por doquier. Progresar un país parece que es enriquecerse sus grandes corporaciones y multinacionales, aunque el pueblo esté sumido en la miseria. El poder económico, visto desde las macrocifras, es lo importante; lo malo es que se van adueñando de todo a través del libre mercado y acabarán controlando, con sus bases de datos, toda nuestra existencia.

lunes, 1 de mayo de 2017

VIDAS ENVASADAS




A menudo, me intranquiliza la sensación de que todo a nuestro alrededor parece estar envasado. Lo que comemos, lo que bebemos, lo que vestimos, lo que respiramos… todo envasado y listo para consumir. Sin embargo, lo que me aterra de verdad no es eso, sino la sensación de que nuestras vidas también lo están. Aquello que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos… todo parece estar perfectamente embalado y etiquetado, dispuesto para ser consumido. Somos vidas envasadas, somos productos.

El envasado es un método que se utiliza para la conservación. Creo que se trata exactamente de eso, de conservar. Conservar la posición que cada cual cree tener en el mundo, no arriesgar, quedarse en el sitio y, por tanto, perpetuar el modelo social tal y como lo conocemos.

Pero los envases no son más que apariencia, pura propaganda para mantener en pie una mentira insostenible. Inevitablemente, necesitamos focalizar todos los esfuerzos en los envases, hacerlos atractivos y sugerentes. Cualquier cosa con tal de evitar que nos fijemos en el interior, en el contenido. Porque es ahí, en el interior de los envases, donde se atisba la fatalidad. Vidas vacías, embrutecidas por la necesidad de no apearse de un carro que no lleva a ninguna parte, que sólo sirve para un avance sin ninguna finalidad más que la de repetir eternamente un ciclo vital que sólo es posible soportar a base de sucedáneos emocionales convenientemente envasados.

En nuestro fuero interno, sabemos del estado del mundo, sabemos de nuestro propio estado. Sentimos la extrañeza que nos produce una forma de vivir tan alejada de nuestros sueños, de nuestras ilusiones. Pero el miedo al cambio, a lo que pueda suceder nos atenaza y preferimos conservar. Aferrarnos a la ilusión de que vivimos del mejor modo posible y que conservar es la opción correcta. Por eso, lo envasamos todo y nos envasamos a nosotros mismos. Pero más que al vacío, nos envasamos en el vacío. Envolvemos nuestra vida de tal forma que parece que estamos cerca de todos y al cabo de todo cuando en realidad, nadie conoce a nadie. Desconectando nuestra vida del resto es como podemos focalizarnos en la frivolidad de lo cotidiano.

Manteniéndonos obedientes a esa norma podemos aspirar a todo (todo lo que tenga que ver con el envase, no con su contenido). La obediencia, el seguimiento de las instrucciones al pie de la letra nos permite mantenernos por más tiempo en ese estado de bienestar ficticio al que acabamos considerando “lo mejor a lo que podemos aspirar”. Es lo que llamamos ser un buen ciudadano, un perfecto observador de la norma social. Pero son precisamente esos, los buenos ciudadanos, los obedientes los que han posibilitado a lo largo de la historia los mayores horrores de la humanidad: las guerras, la explotación, la esclavitud…

Este mundo de vidas envasadas no es más que una gran mentira, en la que todo se basa en mantener la apariencia adecuada en el momento adecuado. Da igual el ámbito de la vida en el que nos situemos, todos funcionan igual. Lo importante es la apariencia, el envase.

Así, lo lógico (si es que algo que pueda ser llamado así todavía existe) sería que la forma de contrarrestar esto sería con la verdad. Sin embargo, cuando todo es mentira quién puede saber qué es la verdad. Existen tantas verdades como cabezas que las piensan y, al mismo tiempo, no existe ninguna si aceptamos la premisa anterior de que todo es mentira en un mundo de apariencia. Si no podemos contar con la verdad como antídoto sólo nos queda lo genuino, aquello que todavía posee las características naturales. Urge la necesidad de desprendernos de nuestros envases, mostrarnos en absoluta desnudez para encontrar nuestra esencia genuina y a partir de ahí actuar. Sin pensar en cómo encajar nuestros actos en determinado modelo intelectual o social, sin necesidad de valorar si lo que hacemos será aceptado socialmente o qué beneficio-pérdida voy a obtener.

No te engañes, esto te llevará al rechazo social y fuera de todo, pero siendo sinceros quién puede preferir formar parte de esta gran mentira envasada en la que vivimos.

lunes, 24 de octubre de 2016

CANSANCIO




Cansancio, hartazgo, monotonía, soledad… diversas formas de definir la sensación que muchísima gente que cree pertenecer al culmen de la civilización humana tiene sobre su vida. Esto es lo que caracteriza a la sociedad en la que vivo, pequeño extracto de la sociedad occidental.

Los días se suceden en un eterno “día de la marmota” carente de significado. Cada cual imbuido en su dinámica que, independientemente de la que sea (laboral, familiar, social…), conduce a un inmovilismo vital que nos encierra en nosotros mismos o, en el mejor de los casos, en pequeños grupos humanos creados alrededor de una idea común que con el paso del tiempo se vacía de significado (si es que alguna vez lo tuvo) y se convierte en una mera representación social.

Nos convertimos en víctimas para nosotros mismos y frente a los demás, a los que pasamos a considerar nuestros enemigos si no son capaces de entender la gravedad de nuestra situación. Por supuesto, nosotros somos incapaces de ver que el resto está exactamente en la misma posición. El resultado de todo esto es que inmediatamente todos estamos enfrentados. Así se cierra el círculo virtuoso que posibilita una desconexión total entre iguales y, por tanto, se pierde la posibilidad de romper esta telaraña que nos oprime, ya que sin el otro es absolutamente imposible.

 ¿Cómo es posible llegar a este punto? Vivimos en una sociedad desarrollada. En ella nuestra única preocupación debiera ser poder expandir las potencialidades humanas hasta donde fuéramos capaces. Existe el conocimiento suficiente para garantizar que las necesidades físicas básicas estuvieran más que cubiertas para todo el mundo y, sin embargo, hemos creado un mundo que mata sistemáticamente a millones de personas cada año y que a otras tantas las aniquila moral e intelectualmente. Lo sabemos, vivimos de una forma que no nos corresponde, que nos es ajena pero a la que no estamos dispuestos a renunciar a pesar del dolor que nos causa y causamos.

Para paliar esto, en la medida de nuestras posibilidades, es para lo que creamos esa imagen de víctima y nos aislamos. Nos refugiamos en vidas virtuales vividas a través de las redes y la televisión. Nos repetimos las mentiras que nos venden a diario hasta convencernos de su autenticidad y poder mantenernos a salvo. Compramos su propaganda solidaria aunque sepamos de su falsedad moral con el único objetivo de conseguir que no reviente nuestra burbuja, construida con tanto esfuerzo y renuncia. Una burbuja de la que no nos atrevemos a salir porque conocemos el dolor y no queremos vivirlo preferimos la sedación diaria que nos produce nuestra soledad consumista, triste consuelo pero consuelo al fin y al cabo. Nos hemos convertido en adictos. Adictos a lo indoloro, a lo insustancial, a lo superficial, adictos a lo inhumano. Así es el mundo del que formamos parte cada unos de nosotros desde nuestra burbuja.

domingo, 16 de octubre de 2016

EL AMOR EN LOS SUEÑOS




Los amantes deambulan por los sueños. Se acercan, se miran, se rodean, se perdonan. En los sueños el amor es sobre todo tentativa y si cuaja se trata de un desafío cuya distancia no acaba de recorrerse. El amor onírico está cargado de tactos y de movimientos y de palabras que bullen inconexas, que se disuelven antes de que los cuerpos se congreguen. En ese mundo polimórfico que propicia el sueño no hay culpa ni compromiso indefinido ni mucho menos llanto. El amor de los sueños no va a ninguna parte, y en eso se parece al de la orilla consciente, y aunque ambos amores no se distinguen en algún tipo de inclemencia el del sueño hiere menos, o acaso se siente menos el dolor. No existe el amor frustrado, porque se entra y se sale del deseo con la habilidad que proporciona desdoblarse y ser incluso el que no se es. Los amantes se recuperan como tales allí donde no puede imponerse el desgaste de la vida ordinaria. El amor en el sueño goza de la sorpresa de los encuentros más insospechados y las traiciones se obvian simplemente porque se han desvalorizado. También hay algo de amor grupal en el amor que se sueña. Algo primitivo que descorre el velo de las pasiones y se hace cómplice. Algo que se ilumina desde la hoguera en el fondo de una cueva donde no se distingue quién es de quién porque nadie es de nadie. En el sueño el amante se une y se separa de la amante por un impulso más que por el deseo. En el sueño el deseo de los amantes tiene principio y se amplía y adquiere la forma de una luz que deslumbra para que no haya final. Y no hay final. En el sueño nada se ejecuta ni se consagra ni pone en peligro. Los amantes, en el sueño, extienden la palma de su mano, cierran los párpados, escuchan las dubitativas o eufóricas voces del otro, diluyen la desnudez en un ejercicio de fuga que prescinde del tiempo. Lo que se dicen es silencio, del que no quieren despertar.

POR EL PENSAMIENTO CRÍTICO




Últimamente, se habla mucho de reformismo, de redefinición y de muchos otros conceptos que vienen a reflejar cuestiones similares todas ellas referidas a la actual situación económica, social y política que se extiende por la mayor parte del globo.

Es posible que haya gente que todavía crea en una especie de capitalismo amable en el que las cosas se puedan hacer de otra manera y en el que no sea necesario que la gente muera de hambre o que el planeta muera por no poder regenerarse. Tal vez, las personas de buena fe puedan creer que lo ocurrido hasta ahora ha sido un error y que todo es debido a la falta de control y la avaricia desmesurada de unos pocos. Incluso puede haber gente dispuesta a creer que la corrupción política y su dependencia de las entidades financieras y del aparato estatal es sólo una anomalía del sistema. Rozando en lo improbable, me atrevo a afirmar que hay gente convencida de que no hace ni una década el mundo funcionaba perfectamente y que todo se ha venido abajo porque no se ha sabido poner freno a la incontrolable sed de poder de unos pocos.

A todas esas personas quiero decirles que lo siento en el alma, pero que lo que hoy sucede no es más que la lógica consecuencia de los hechos pasados y, por desgracia si no lo impedimos, el inevitable anuncio de lo que está por venir.

También quiero decirles que comprendo esa manera de pensar, yo también pensaba así (lo reconozco). Fruto de la educación amablemente suministrada por el Estado, de la continua información facilitada de manera tan “democrática” por tantísimos medios de comunicación y de un ambiente social proclive a aceptar las circunstancias con resignación. Todos nos hemos visto atrapados en algún momento de nuestras vidas en ese pensamiento mágico que nos hacía creer que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.

No quiero aparecer como un iluminado ni nada por el estilo. Sólo quiero decir una cosa: la verdadera libertad empieza por la construcción del pensamiento crítico. Debemos ser conscientes de que nadie posee la verdad absoluta, así que debemos poner en cuestión cualquier información que nos llegue (empezando por este texto, por supuesto). Hay que intentar formarse de manera continua sin despreciar las alternativas que se nos planteen hasta poder analizarlas desde varios puntos de vista. Libros, documentales, conversaciones, webs, prensa,... Todo es válido si no nos quedamos con una sola versión. Debemos romper con la costumbre de dejar que otros piensen y analicen por nosotros, esto no es más que una imposición por parte de los ocupantes del poder.

Existen muchos frentes en los que trabajar para poder iniciar este camino hacia el pensamiento crítico y cada uno de nosotros puede aportar su granito de arena. Es necesario que todas aquellas personas relacionadas con el mundo de la enseñanza y de la comunicación pierdan el miedo al poder para poder ser libres en el ejercicio de su profesión que, seguramente, han elegido de manera vocacional. Sé que es difícil para cualquier persona romper con los esquemas preconcebidos y poner en juego su lugar de trabajo y su sustento, pero es imprescindible el cambio desde dentro de estos instituciones, que junto al entorno más cercano de cada uno de nosotros son los canales más importantes a través de los que se moldean las mentes, para poder iniciar el camino hacia la libertad de pensamiento.

El entorno. El entorno somos todos y es aquí donde no hay excusa posible. El trabajo de cada uno es absolutamente imprescindible para comprender el mundo que nos rodea y nos exprime como simple mercancía. Se hace imprescindible recuperar la sana costumbre del diálogo con nuestros semejantes para intercambiar opiniones y cuestionarnos planteamientos que considerábamos como indestructibles. Resulta necesario estar permanentemente formándonos para poder avanzar como seres humanos. Sólo de esta manera, podremos iniciar la construcción de unos pilares sólidos para la creación de una nueva manera de vivir donde el ser humano y el planeta que lo sostiene estén por encima de cualquier otra consideración. Una sociedad donde la norma sea el justo reparto de todo lo que contenga y donde no haya cabida para estructuras de poder ya que éste recaerá sobre todos nosotros.


lunes, 10 de octubre de 2016

EL SOL DE OCTUBRE



"El sol de octubre
ciñe al paisaje maduro.
Otorga a lo que vive
su plenitud de fruto".

JOSÉ HIERRO

Cuando llega el otoño y empiezan a menguar los días me gusta asomarme a la ventana, mítico ojo que me alumbra, y contemplar las puestas del sol, tan distintas y variables, tan sufridas y desconfiadas. El horizonte, donde se toca la tierra con el cielo, suele ser muy bello y en algunas ocasiones tamizado por un leve atisbo gótico, como de aquelarre goyesco. Por eso yo me asomo a la ventana a respirar las fiestas de las atardecidas de otoño y suelo dejar en la memoria fotográfica los rojos y amarillos del torbellino de luces y de sombras. Mas, para mejor fijar el temporal de brillos que percibo, me aproximo a lo que ha dejado dicho algún poeta o narrador sobre el prodigioso tránsito de los días de entretiempo, con vientos y aguaceros; con crepitar de elocuentes colores, como palabras dichas con voluntad de alas como hojas para escaparnos de la muerte.


miércoles, 5 de octubre de 2016

CULTURA DEMOCRÁTICA



No tenemos una cultura democrática sólida, pues nuestra historia se encargó de bloquear las etapas y estados democráticos en nuestra administración y gobierno. Por tanto, a la inmensa mayoría, no se nos educó en el verdadero significado de la democracia participativa. Nos cuesta comprender que la visión del otro es complementaria a la nuestra y tan digna de respeto como ella. Parece como si entráramos en una guerra con el vecindario para ver quien gana la batalla y deja en la cuneta al otro, lo que implicaría someterlo a nuestro dictado.

Tenemos el amargo bagaje de la reciente historia, donde se cultivó la moral del amo y del esclavo, del señor que mandó como clase dominante y la del esclavo o siervo, que renuncia a implicarse en las decisiones y deja en manos del señor la toma de las mismas mediante un acto de fe, lo que implica que se le permite todo y aceptamos sus explicaciones sin paliativos ante cualquier hecho injustificable. Las reminiscencias del pasado inmediato influido por tantos años de dictadura siguen presente. Se nos dijo que dejáramos la política para los políticos, que los dirigentes ya sabían gobernar pensando en nuestros intereses, pues ellos tenían mayor información y capacidad que nosotros para tomar decisiones acertadas. Se nos anatemizaron las otras ideologías, nos cargaron de prejuicios y se nos hizo patriotas a su forma: “España son sus territorios no su gente”. ¿Con esta filosofía como se puede encajar la soberanía popular? ¿Pueden los hijos del franquismo entender que un país soberano es aquel que es dueño de su destino, que elije y determina quien lo gobierna y qué políticas se aplican para ello?

A pesar de haber evolucionado en muchos casos, sigue esa idea y actitud troquelada en muchas mentes, como es natural, no todos pueden evolucionar en la misma dirección y de la misma manera, en todo caso, será en función de su capacidad crítica y de su disposición a ello. Por desgracia hay demasiado pensamiento enquistado en el pasado que no evolucionó hacia la concepción de una verdadera democracia. Tal vez sea esa una de las circunstancias que justifica la adhesión inquebrantable a un determinado partido del que nos hacemos gregarios. Adhesiones, actitudes, conductas y sentimientos de pertenencia son la argamasa que nos instala en la falta de criterio propio para obrar en libertad crítica llegando a votar a corruptos e indecentes políticos por el mero hecho de ser de nuestro partido. Lo malo es que, al no tener conciencia política y social, hacemos que los demás sufran las consecuencias.