domingo, 12 de junio de 2016

REGENERACIÓN MORAL DE LA SOCIEDAD




A menudo cuando se alude al éxito fulgurante de alguien, recuerdo haber oído, como razón explicativa, aquello de que "es muy listo y le va muy bien; se dedica a sus negocios". Si se intenta aclarar de qué negocios se trata, la respuesta suele insistir en la vaguedad del argumento: simplemente de "sus negocios". Sin más detalles. Siempre he pensado que tras esta denominación tan genérica algo inconfensable o turbio debía esconderse. Pero daba igual. Las crónicas de sociedad y los comentarios de toda laya anteponían las manifestaciones del éxito que depara la fortuna a cualquier otra matización que pudiera cuestionar el modo de conseguirlo. Si, por el contrario, se trata de enjuiciar las razones de la situación en que se encuentra quien no ha logrado el mismo relumbrón, la opinión se decanta a favor de circunstancias que sobre todo tienen que ver con la torpeza del sujeto o, de manera más eufemística, con su falta de ambición. "Le falta ambición. No tiene agallas", es el argumento antitético del anterior.

Que conste que siento admiración por quienes de forma transparente, sin ocultaciones ni medias tintas, acometen decisiones de riesgo que se traducen en la creación de empresas y en la consiguiente generación de riqueza y empleo. Estos "capitanes de empresa", suscitan el máximo respeto cuando se aprecian los resultados de su gestión y los procedimientos de que hacen uso para conseguirlos con la ética propia de quien arriesga sin incurrir en corruptelas ni en prácticas que contravienen la ley.

En cambio, ninguna consideración positiva hay que otorgar a los que utilizan el "todo vale" para sus propósitos, componendas y enriquecimientos, confortablemente instalados en la "ley de la selva" que todo lo permite. Amparándose en niveles de tolerancia inadmisibles, que acaban creando tramas de intereses donde lo público y lo privado se confunden, entienden el concepto de honradez como una antigualla, como expresión de una debilidad o como testimonio de una torpeza que lleva, a quienes la practican, a la condición de perdedores.

Es probable que la crisis que estamos viviendo aporte un efecto benéfico en ese sentido, es decir, contribuya al fortalecimiento de una regeneración moral de la sociedad que, refractaria a la cultura del pelotazo financiero, coloque a cada cual en su sitio, al entender que la falta de honradez de que han hecho gala los artífices de la catástrofe no merece más actitud que el desprecio, el rechazo sin paliativos y, siempre que sea posible, la penalización más contundente. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario