A menudo cuando se alude al éxito fulgurante de alguien,
recuerdo haber oído, como razón explicativa, aquello de que "es muy listo y le va muy bien; se dedica a
sus negocios". Si se intenta aclarar de qué negocios se trata, la
respuesta suele insistir en la vaguedad del argumento: simplemente de "sus
negocios". Sin más detalles. Siempre he pensado que tras esta denominación
tan genérica algo inconfensable o turbio debía esconderse. Pero daba igual. Las
crónicas de sociedad y los comentarios de toda laya anteponían las
manifestaciones del éxito que depara la fortuna a cualquier otra matización que
pudiera cuestionar el modo de conseguirlo. Si, por el contrario, se trata de
enjuiciar las razones de la situación en que se encuentra quien no ha logrado
el mismo relumbrón, la opinión se decanta a favor de circunstancias que sobre
todo tienen que ver con la torpeza del sujeto o, de manera más eufemística, con
su falta de ambición. "Le falta
ambición. No tiene agallas", es el argumento antitético del
anterior.
Que conste que siento admiración por quienes de forma
transparente, sin ocultaciones ni medias tintas, acometen decisiones de riesgo
que se traducen en la creación de empresas y en la consiguiente generación de
riqueza y empleo. Estos "capitanes
de empresa", suscitan el máximo respeto cuando se aprecian los
resultados de su gestión y los procedimientos de que hacen uso para
conseguirlos con la ética propia de quien arriesga sin incurrir en corruptelas
ni en prácticas que contravienen la ley.
En cambio, ninguna consideración
positiva hay que otorgar a los que utilizan el "todo vale" para sus
propósitos, componendas y enriquecimientos, confortablemente instalados en la
"ley de la selva" que todo lo permite. Amparándose en niveles de
tolerancia inadmisibles, que acaban creando tramas de intereses donde lo
público y lo privado se confunden, entienden el concepto de honradez como una
antigualla, como expresión de una debilidad o como testimonio de una torpeza
que lleva, a quienes la practican, a la condición de perdedores.
Es probable que la crisis que estamos viviendo aporte un efecto
benéfico en ese sentido, es decir, contribuya al fortalecimiento de una
regeneración moral de
la sociedad que, refractaria a la cultura del pelotazo financiero, coloque a
cada cual en su sitio, al entender que la falta de honradez de que han hecho
gala los artífices de la catástrofe no merece más actitud que el desprecio, el
rechazo sin paliativos y, siempre que sea posible, la penalización más
contundente.

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