sábado, 5 de marzo de 2016

EL SENTIDO DEL HUMOR Y LA OFENSA




¿Qué es una ofensa, cómo se vive y quien la define? El sentido de la ofensa, en el humor, tiene dos elementos claves como son el emisor y el receptor. Es decir, puede existir intención de ofender por parte del emisor o no, a la vez que se puede sentir, o no, ofendido el receptor… incluso, se pueden sentir ofendidos colectivos afines al sujeto objeto del humor. Si yo mando un mensaje humorístico a un amigo, sin saber ni sospechar que se puede sentir ofendido, no hay ofensa, aunque él lo considere ofensivo. Habría ofensa si reitero mi mensaje sabedor de que se ofende, pues ya habría intencionalidad. Eso sí, no puede condicionar mi forma de expresión ese sujeto cuando mi mensaje va dirigido a otras personas que no son él, pues estaría coartando mi libertad de expresión desde su posicionamiento ideológico y personal.

Por tanto, yo entiendo que el humor es ofensivo cuando se intenta insultar, degradar, denigrar, humillar, ultrajar y herir a una persona o colectivo de forma voluntaria y consciente... pero, claro, eso no es humor, eso es mala leche, insulto, injuria y ofensa que, a la postre, revierte contra el sujeto que lo emite, al menos en las mentes con sentido común. Pero ¿dónde ponemos, pues, el límite: en la mofa, burla, broma, sarcasmo, escarnio?... o tal vez en la chirigota.

Una característica del humor es hacer reír mediante el uso de términos gracioso, sorprendentes, que muestren el ingenio del humorista, a la vez que se emite un mensaje sobre un aspecto cuestionable. El humor afecta básicamente a la genialidad de la forma, mientras el fondo, o mensaje, debe ser analizado desde una perspectiva más idealista, de posicionamiento respecto al tema que se trata. Un sujeto, con una idea sobre un tema determinado, puede publicar esa idea de forma directa y racional o mediante el uso del humor, que conlleva, incluso, la aparición de metáforas graciosas. La libertad de expresión abarca a ambos casos y, sea humorística o prosaicamente, tiene derecho a expresar lo que siente, siempre que se fundamente en un posicionamiento ideológico racional, salvo que incumpla la ley… y para ello están los tribunales. Jugar con el límite, con la raya roja que delimita el humor del insulto, es una osadía a la que juegan muchos, en función de su propia personalidad, de  su nivel de maduración y de su sistemática relacional, que conciben como una especie de reto al ingenio…

La osadía, pues, es otro valor añadido al humor. Es gracioso oír aquello que no somos capaces de decir cuando se juega con el riesgo. Me refiero al humor crítico, con el poder, que nos permite desmitificarlo, bajarlo a la altura de lo vulgar  para someterlo a la mundanal crítica. Por tanto, el humor puede tener cierta dosis de infracción, de subversión, de crítica al poder, a las ideas y a los colectivos que van por el mundo avasallando. El poder debe entender eso y saldrá beneficiado de ello, pues mientras se le hagan chistes se estará sublimando la propia injusticia que genera el ejercicio de ese poder.

He dicho antes que el receptor tiene su importancia a la hora de valorar el humor, pero el contexto en el que se comunica es determinante. Ese contexto nos pone en disposición de aceptar una mayor virulencia humorística.

Por tanto, la mofa o burla basada en la genialidad, tiene su cabida en el humor, pero cuidado de lo que nos mofamos… hay límites. Para mí están en el sufrimiento humano, la desgracia, las víctimas de la injusticia...  Este límite, no afecta en ningún caso a la crítica de las ideas o los credos que juegan en el mundo a establecer su influencia, pues son criticables y debatibles en la confrontación de esas ideas.

En todo caso, podríamos decir que el humor desaparece cuando el mensaje que lleva acaba descalificando a la genialidad con que se manifiesta, aunque esta sea suprema. Es decir, hay mensajes que, desde un punto de vista cultural y de principios, no son aceptables en una sociedad en libertad. El matiz se establece en que la propia sociedad acabará descalificando el mensaje y rechazando al mensajero, al humorista.

Pero mientras tanto, pobre del que renuncie al humor, del que pierda la frescura y desenfado, la alegría que otorga ver la vida desde prismas diferentes, con mente abierta, cargadas de genialidad. Pobre de los que en lugar de alegría sientan alergia al humor. La sonrisa riega la mente, mientras que ser áspero la seca.

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