Los
clásicos lo son precisamente porque son eternos. A veces, tienen más que decir
de lo que pasa en nuestros días que muchos de nuestros contemporáneos.
En esta
época –confusa, apresurada y combativa- en la que líderes de toda clase e
ideología pretenden convencernos y conseguir el poder, viene bien recuperar la
doctrina de Cervantes.
El
Quijote es la novela del diálogo y la duda frente al dogma contrarreformista
imperante en la época. Instaura un mundo de incertidumbres, moderno y cercano
al que vivimos. En ese mundo, Don Quijote desempolva viejas armas y se lanza a
los caminos en busca de una verdad llena de dudas, pero basada en el honor y la
fidelidad a unos ideales. El caballero aprendió antes de su muerte que la verdad
no existe, pero que vale la pena luchar y morir por ella.
Aprendió,
también, que las verdades absolutas y los dogmas –sean religiosos, políticos o
morales- son la base del inmovilismo. Se imponen por la fuerza y provocan
parálisis, miedo y falta de crítica. Dudar no le impidió la acción, ni
equivocarse le hizo flaquear en su empeño.
Nuestra
época no puede ser comprendida con verdades absolutas, como pretenden algunos,
sino con dualidades en lucha activa y razonadora. Con pactos, diálogo y
entendimiento. Llegó la hora de los pactos.
Decía
Unamuno que el único modo de vivir es dudar. Pero de esa duda se deriva la
acción, no la pasividad que es sólo signo de derrota. El refugio en la duda
para evitar la acción es de cobardes. Por supuesto que nunca podremos estar
seguros del todo, sólo lo están los dogmáticos. Y el dogma es lo contrario de
la verdad. Quien no duda no vive. Quien vive el dogmatismo es como si estuviera
muerto.
Vivimos
tiempos de emergencia, porque los que nos gobiernan han devaluado la democracia.
Y pretenden seguir ocupando las instituciones para saquear aún más el país.
Pero la democracia está por encima de sus manejos y puede ser un instrumento
valiosísimo para expulsar a aquellos que se creyeron dueños de un poder que
sólo tenían en préstamo.
La
democracia, toda democracia es un proceso en construcción. Y se hace todos los
días más allá del voto, pero también, y sobre todo, con él. La duda es
revolucionaria porque evita el fanatismo y promueve la tolerancia. Aumenta
nuestro conocimiento y nos permite elegir en libertad. Desempolvemos las viejas
armas y actuemos. Hagamos oír nuestra voz porque como dice Emilio Lledó:
“Dentro de todo no hay un pequeño sí, y dentro de todo sí hay un pequeño no”.
El silencio y la conformidad tienen un alto precio porque, con todo lo que hoy
sabemos, nos convierte en cómplices. Nosotros tenemos la última palabra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario