miércoles, 10 de febrero de 2016

LA DOCTRINA DE CERVANTES

   



Los clásicos lo son precisamente porque son eternos. A veces, tienen más que decir de lo que pasa en nuestros días que muchos de nuestros contemporáneos.

En esta época –confusa, apresurada y combativa- en la que líderes de toda clase e ideología pretenden convencernos y conseguir el poder, viene bien recuperar la doctrina de Cervantes.

El Quijote es la novela del diálogo y la duda frente al dogma contrarreformista imperante en la época. Instaura un mundo de incertidumbres, moderno y cercano al que vivimos. En ese mundo, Don Quijote desempolva viejas armas y se lanza a los caminos en busca de una verdad llena de dudas, pero basada en el honor y la fidelidad a unos ideales. El caballero aprendió antes de su muerte que la verdad no existe, pero que vale la pena luchar y morir por ella.

Aprendió, también, que las verdades absolutas y los dogmas –sean religiosos, políticos o morales- son la base del inmovilismo. Se imponen por la fuerza y provocan parálisis, miedo y falta de crítica. Dudar no le impidió la acción, ni equivocarse le hizo flaquear en su empeño.

Nuestra época no puede ser comprendida con verdades absolutas, como pretenden algunos, sino con dualidades en lucha activa y razonadora. Con pactos, diálogo y entendimiento. Llegó la hora de los pactos.

Decía Unamuno que el único modo de vivir es dudar. Pero de esa duda se deriva la acción, no la pasividad que es sólo signo de derrota. El refugio en la duda para evitar la acción es de cobardes. Por supuesto que nunca podremos estar seguros del todo, sólo lo están los dogmáticos. Y el dogma es lo contrario de la verdad. Quien no duda no vive. Quien vive el dogmatismo es como si estuviera muerto.

Vivimos tiempos de emergencia, porque los que nos gobiernan han devaluado la democracia. Y pretenden seguir ocupando las instituciones para saquear aún más el país. Pero la democracia está por encima de sus manejos y puede ser un instrumento valiosísimo para expulsar a aquellos que se creyeron dueños de un poder que sólo tenían en préstamo.

La democracia, toda democracia es un proceso en construcción. Y se hace todos los días más allá del voto, pero también, y sobre todo, con él. La duda es revolucionaria porque evita el fanatismo y promueve la tolerancia. Aumenta nuestro conocimiento y nos permite elegir en libertad. Desempolvemos las viejas armas y actuemos. Hagamos oír nuestra voz porque como dice Emilio Lledó: “Dentro de todo no hay un pequeño sí, y dentro de todo sí hay un pequeño no”. El silencio y la conformidad tienen un alto precio porque, con todo lo que hoy sabemos, nos convierte en cómplices. Nosotros tenemos la última palabra.



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