A partir de ahora, todos esos grandes expertos en democracia
que, día tras día, analizan la actualidad española desde los medios oficiales
de comunicación ya pueden sentirse satisfechos, lo han conseguido: ya somos una
democracia asentada y los ciudadanos nos comportamos como se espera en estos
casos, es decir, como borregos.
Siempre se ha dicho que España era una democracia joven e
inexperta, que necesitaba que sus ciudadanos olvidaran tiempos pasados y
trabajaran juntos para afianzar los logros democráticos. Ahora, tras muchos
años de un enorme trabajo por parte de la élite económica y sus gregarios
políticos, han conseguido lo que todos los portavoces (periodistas de grandes
medios) de estas élites reclamaban, una democracia madura y asentada. Pero,
¿qué significa eso de democracia madura? Cualquiera podría pensar que un
sistema democrático maduro es el estado ideal de una sociedad en el que la
ciudadanía participa activamente en la toma de decisiones y en que, por supuesto,
esas decisiones van todas encaminadas a garantizar todos los servicios que
necesitan dichos ciudadanos para llevar una vida digna y encaminada a conseguir
la felicidad personal y colectiva. En la vida real, el significado de la
expresión “democracia madura” es muy distinto.
En España, hemos alcanzado y demostrado nuestra madurez
acatando una tras otra todas las decisiones políticas, que en el fondo y casi
en la forma eran meramente decisiones económicas encaminadas a engrosar los
beneficios de las grandes corporaciones, sin rechistar. A pesar de que estas
decisiones son claramente contrarias a los intereses de los ciudadanos. En
nuestro país, las entidades financieras se han repartido miles de millones de
euros mientras aumenta el número de familias que viven al día, incluso por
debajo del umbral de la pobreza y aquí no pasa nada porque nuestra democracia
es muy sólida. Porque no nos engañemos, madurez democrática significa no
inmiscuirse en las decisiones políticas (todo lo contrario de lo que parecía a priori).
Año tras año se recortan los presupuestos destinados a los
servicios más básicos e importantes como la salud y la educación. Poco a poco
se están privatizando esos sectores y cada vez es más habitual el tener que
pagar por servicios que no sólo deberían ser gratuitos, si no que deberían ser
intocables e impermeables a las especulaciones financieras y a los intereses
empresariales, pero a nosotros no parece preocuparnos.
En los últimos tiempos, se ha puesto sobre la mesa una serie
de medidas encaminadas a destruir cualquier atisbo de bienestar social
amparándose en la vigente necesidad de reducir un déficit producido
exclusivamente por el trasvase de dinero público a manos de las corporaciones
privadas. Se nos quiere hacer creer que no hay dinero para seguir ayudando a
todos aquellos ciudadanos que dependen de ese dinero para poder subsistir y,
sin embargo, se siguen manteniendo ayudas multimillonarias a entidades y personajes que nada tienen que ver con la
democracia. Y aquí estamos los ciudadanos demostrando nuestra “madurez
democrática” tragando con esto y mucho
más sin decir ni pío. Pues bien, al
final de todo resulta que tener una “democracia madura” significa que el dinero
debe ser para las grandes empresas y que si en algún momento surge cualquier
impedimento para ello, pues se soluciona anulando los derechos y las libertades
de las personas.

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