domingo, 21 de febrero de 2016

TENEMOS LO QUE NOS MERECEMOS



A partir de ahora, todos esos grandes expertos en democracia que, día tras día, analizan la actualidad española desde los medios oficiales de comunicación ya pueden sentirse satisfechos, lo han conseguido: ya somos una democracia asentada y los ciudadanos nos comportamos como se espera en estos casos, es decir, como borregos.

Siempre se ha dicho que España era una democracia joven e inexperta, que necesitaba que sus ciudadanos olvidaran tiempos pasados y trabajaran juntos para afianzar los logros democráticos. Ahora, tras muchos años de un enorme trabajo por parte de la élite económica y sus gregarios políticos, han conseguido lo que todos los portavoces (periodistas de grandes medios) de estas élites reclamaban, una democracia madura y asentada. Pero, ¿qué significa eso de democracia madura? Cualquiera podría pensar que un sistema democrático maduro es el estado ideal de una sociedad en el que la ciudadanía participa activamente en la toma de decisiones y en que, por supuesto, esas decisiones van todas encaminadas a garantizar todos los servicios que necesitan dichos ciudadanos para llevar una vida digna y encaminada a conseguir la felicidad personal y colectiva. En la vida real, el significado de la expresión “democracia madura” es muy distinto.

En España, hemos alcanzado y demostrado nuestra madurez acatando una tras otra todas las decisiones políticas, que en el fondo y casi en la forma eran meramente decisiones económicas encaminadas a engrosar los beneficios de las grandes corporaciones, sin rechistar. A pesar de que estas decisiones son claramente contrarias a los intereses de los ciudadanos. En nuestro país, las entidades financieras se han repartido miles de millones de euros mientras aumenta el número de familias que viven al día, incluso por debajo del umbral de la pobreza y aquí no pasa nada porque nuestra democracia es muy sólida. Porque no nos engañemos, madurez democrática significa no inmiscuirse en las decisiones políticas (todo lo contrario de lo que parecía a priori).

Año tras año se recortan los presupuestos destinados a los servicios más básicos e importantes como la salud y la educación. Poco a poco se están privatizando esos sectores y cada vez es más habitual el tener que pagar por servicios que no sólo deberían ser gratuitos, si no que deberían ser intocables e impermeables a las especulaciones financieras y a los intereses empresariales, pero a nosotros no parece preocuparnos.

En los últimos tiempos, se ha puesto sobre la mesa una serie de medidas encaminadas a destruir cualquier atisbo de bienestar social amparándose en la vigente necesidad de reducir un déficit producido exclusivamente por el trasvase de dinero público a manos de las corporaciones privadas. Se nos quiere hacer creer que no hay dinero para seguir ayudando a todos aquellos ciudadanos que dependen de ese dinero para poder subsistir y, sin embargo, se siguen manteniendo ayudas multimillonarias a entidades  y personajes que nada tienen que ver con la democracia. Y aquí estamos los ciudadanos demostrando nuestra “madurez democrática” tragando  con esto y mucho más sin decir ni pío. Pues bien,  al final de todo resulta que tener una “democracia madura” significa que el dinero debe ser para las grandes empresas y que si en algún momento surge cualquier impedimento para ello, pues se soluciona anulando los derechos y las libertades de las personas.

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