lunes, 22 de febrero de 2016

UN PAÍS NO SE GOBIERNA CON DINERO



Hay momentos en la historia en los que las sociedades se expanden, impera el racionalismo y un cierto sentido de optimismo ante el futuro, se aumentan las seguridades jurídicas, se reducen las desigualdades y se aseguran los derechos de todos los individuos en su condición de ciudadanos y seres humanos, independientemente del lugar en el que hayan nacido. Son épocas en las que todo el mundo cree que el futuro será mejor que el presente porque en el presente el esfuerzo individual y colectivo tiene su recompensa. En esas mismas épocas, las comunidades comienzan a mirar a su alrededor y buscan generar igualdad también más allá de sus fronteras y a fomentar el respeto por el medio ambiente y los animales que comparten el planeta con el ser humano. Hay otros momentos en la historia en los que las sociedades se colapsan, no encuentran un verdadero motor para progresar y se encogen, a la defensiva.

En estos momentos decidimos qué sociedad queremos pero todo parece decantarse hacia el encogimiento, la pérdida de derechos, el imperio de los fuertes y el cierre de fronteras. El reto de la globalización se ha saldado inicialmente, como muchos nos temíamos, a favor de la desestructuración de las ideas de solidaridad y progreso colectivo y humano porque la época había comenzado basada en un desenfreno consumista insostenible para un mundo globalizado y su fracaso nos ha echado en manos de la desorganización y del gobierno exclusivo de los que detentan los poderes económicos.

La idea de Europa se descompone estos días porque los países se han encogido a consecuencia de la crisis económica, de la demagógica actuación de los grandes medios de comunicación al servicio de intereses económicos y no responden a la opinión pública sino que la crean de una forma tan burda que sorprende cómo tantos caen en sus implicaciones sin darse cuenta. Pero, sobre todo,  estamos en manos de la mediocridad de los políticos que gobiernan, que no miran fórmulas de construcción a medio plazo sino meros rendimientos de cuenta a diario según las encuestas. Ni siquiera son buenos gestores de la cosa pública como presumen cuando se pretende que la ideología no es importante. Sin ideas, están en manos de los que controlan el mundo financiero.

Aunque una sociedad moderna necesite la alianza con el dinero, nunca es el dinero quien debe dirigir un país. Un país no se gobierna con dinero sino con ideas de progreso que lo generen, universalización del estado de bienestar y de los derechos y buscando consensos para aplicarlas a partir del debate racional y no del conflicto visceral. El dinero se administra o se procura según las ideas en las que basamos nuestro mundo. Como ejemplo, España ha alcanzado en los últimos años un nivel de endeudamiento insostenible porque las medidas aplicadas han sido las propias de un mal gestor incapaz de buscar nuevas fórmulas que lo evitaran y que se ha limitado a aplicar contabilidad del debe/haber y no proyectos económicos de futuro. Deberíamos haber aprendido que los mismos que administraron el falso crecimiento que nos llevó a la crisis no sirven para administrar cómo salir de ella porque sus hábitos están viciados por las costumbres de un país corrompido moral y políticamente.

En contra de lo que nos pueda parecer hoy, todas las sociedades encogidas terminan buscando a la larga, ideas de expansión y un vitalismo optimista cuando todo parece caerse. El problema es, como nos explica la historia, que a veces se tarda algún siglo en ponerlas en marcha: lo que se tarda en comprender eficazmente las claves de la nueva situación. Mientras tanto se camina por el lado oscuro de la civilización, instalando vallas, restando derechos sociales y haciendo concesiones a los que controlan el dinero. Si queremos acelerar este proceso para evitar el encogimiento hay que ponerse ya en marcha.


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